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Cargando La Suerte

Cuatro orejas y un rabo obtuvo Puerto en su ultima tarde vestido de luces. Le acompañaron a hombros Aníbal Ruiz, que cuajó a un gran toro de Alcurrucén y el novillero Juan Robles que desorejó al eral con el que se cerró la tarde en Malagón. 

Crónica: Airén y Azabache

Galería fotográfica: © Manuel del Moral Manzanares

Fueron dos puertas grandes en Madrid, en el mismo San Isidro, iniciando un arrollador camino por la senda del triunfo; pero tras un recorrido intenso, y sobre todo en la segunda mitad de su trayectoria (1996-2026) han sido muchos, quizá demasiados infortunios los vividos por Víctor Puerto en determinados y delicados momentos de su carrera, donde a veces por detalles inesperados e injustos la maldita suerte se adueñó de los momentos.

Y tuvo que ser un día 13 (caprichos del destino) cuando la suerte le tuviera reservado un fin de fiesta acompasado, bello, emotivo y ante todo muy torero. Vestido de blanco y oro, como aquel día de la confirmación, o como aquel otro en Sevilla, con el toro de Gavira al que desorejó cincelando el toreo en La Maestranza. 

En primer lugar, despachó un nobletón primer toro con el que anduvo muy a gusto, permitiéndole el de los Lozano concesiones en terrenos de cercanías, las cuales tuvieron poso. Era el toro idóneo para en este tipo de plazas enjaretar por la vía de… pero Puerto optó por tener presente ese concepto tan puro que bebió a sorbitos desde sus inicios, el de su tío, el maestro Antonio Sánchez Puerto, palabras mayores. Tras un buen espadazo al segundo intento se le concedió el doble trofeo.

En tercer lugar, salió “Maraca” un cinqueño colorado claro, lucero, cariavacado y apretado de pitones, el cual desplegó una nobleza enclasada tremenda. Recordó a aquel “Atrevido” de este hierro con el que Urdiales perfumó para siempre Bilbao con su toreo. 

Brindó a su hija Paola – ¡levántate princesa , va por ti cariño mío! – para acto seguido acariciar con su muleta a “Maraca” en una faena de las que trasciende al que sabe degustar y descifrar (pobres de aquellos que no), por la pasión que le pone quien está delante; en este caso un torero al que el toreo le debía un fin de fiesta así, por el palo de “Maraca” que embistió despacito, como en ocasiones sonaron las maracas de leyenda de D. Antonio Machín. No fue una simple embestida, a pesar de coquetear con los límites del poder, fue un arrullo constante de la música que salió de “Maraca” como ese ritmo de un bolero, como un susurro del oleaje caribeño. No hubo alaracas vacías de contenido, hubo colocación y asentamiento, hubo temple y yemas de los dedos. No hubo pisotones o voces vulgares, hubo el lenguaje de la inspiración. Hasta para morir tuvo nobleza “Maraca” mostrando la solemnidad del bravo con un espadazo arriba y hasta los rubios que le había recetado un emocionado Víctor Puerto, al que se le concedieron los máximos trofeos, así como la vuelta al ruedo a “Maraca”.

Aníbal Ruiz se las vio con un segundo de la tarde que tuvo aspereza y al que pudo gobernar con su muleta flexionando la pierna de salida con buen trazo en los inicios del trasteo. Ya sin las inercias fue complicado extraer mayores réditos artísticos y aun así le hubiera cortado la oreja de no haberse atascado con los aceros.

En cuarto lugar, salió el más alto del encierro, largo, y con destellos del toro de Alcurrucen en sus formas, tanto de moverse como en las propiamente morfológicas, con cierta desproporción, como lo tiene este tipo de toro, que de salida andan mucho y muy sueltos y cuando se quedan solos con el torero, en ocasiones hacen lo que hizo “Rector” que tras ser lidiado con mucho mando por Jesús de Natalia y bien banderilleado por Francisco Rodríguez empezó a parecer mucho más bonito por su manera de embestir.

Había que mostrarle el camino, la seguridad y el mando, y lo hizo Aníbal tras brindarle a Víctor Puerto con un inicio que marcó en positivo el grueso de la faena. A través del temple y la firmeza le firmó un inicio clave, donde hubo una trinchera cara, cuando toro y torero pisaban ya los terrenos más allá de la segunda raya. El “dialogo” muletero del alcazareño y “Rector” tuvo importancia, por la transmisión del animal y porque cuando los toros se enganchan adelante y se traen hacia detrás para dejársela puesta y ligar se aceptan los retos que entraña la bravura y aparecen un sinfín de matices que además de aguantar ahí donde pesan y queman los toros hay que llevarlos, templarlos y medirlos. 

Una vez el mando tuvo propiedad sobre “Rector” llegó el toreo acompasado al ritmo del toro de Núñez, con el que Aníbal disfrutó y se encontró a buen seguro consigo mismo. Como si Manuel Molina se reencontrara con su guitarra tras un tiempo en busca de ese misterioso enigma que es el sentir. El espadazo fulminante le hizo acreedor de las dos orejas y rabo de “Rector” al que le fue concedida la vuelta al ruedo. El mayoral de la ganadería acompañó al matador en la vuelta al ruedo triunfal.

El novillero sin caballos Juan Robles, estoqueó como postre a la tarde y deleite para sus paisanos un eral de Alcurrucen, mal conformado en su tren delantero, sin cuello y poca o nula elasticidad que le permitiera embestir bien. Robles anduvo muy voluntarioso, como es propio en él, yéndose a porta gayola e intentando en todo momento agradar al respetable. Quizá sobraron excentricidades y faltó seriedad e importancia hacia el novillo y hacia su propia actuación en una tarde más, que debe servir de rodaje para el alumno de la escuela de tauromaquia de Ciudad Real, quien por cierto brindó su faena a los maestros Puerto y Aníbal, este último, profesor y maestro suyo en dicha doctrina. Se le concedieron dos orejas. 

Plaza de Toros de Malagón. Domingo 13 de septiembre de 2026. Tarde calurosa y mas de media entrada en los tendidos. Corrida de toros mixta. 

Se lidiaron cuatro toros y un eral de Alcurrucen, bien presentados a pesar de la desigualdad. Destacaron tercero y cuarto, ambos premiados con la vuelta al ruedo. 3º con una nobleza y clase superlativas y 4º con mayor transmisión y entrega. En ultimo lugar se lidió un eral engollipado y sin hechuras para embestir, que resultó deslucido.  

Víctor Puerto, de blanco y oro: Dos orejas y dos orejas y rabo.

Aníbal Ruiz, de gris plomo y oro: Palmas y dos orejas y rabo.

Juan Robles, de nazareno y azabache: Dos orejas.

Saludaron montera en mano tras parear con brillantez, Jesús de Natalia en el segundo y Francisco Rodríguez en el cuarto. Los tres toreros salieron a hombros al finalizar el festejo.

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