El Cid, Luis Miguel Vázquez y Carlos Aranda consiguieron triunfar con una interesante corrida de Julio de La Puerta en una tarde donde la casta, el temple y el orgullo daimieleño se abrazaron bajo el cielo manchego.
Hay tardes en las que el toreo no es solo el rito efímero de la seda y el acero, sino un hilo invisible que engarza las épocas, las vidas y los pueblos. Decía el verso que la patria del hombre es la memoria donde fue feliz; para Daimiel, la patria de su tauromaquia cabalgó este viernes a hombros del tiempo, envuelta en la nostalgia dorada de su plaza de siempre. Se juntaban tres nombres Vázquez, Aranda y El Lince para demostrar que la semilla del toreo, cuando prende en Daimiel, florece con el perfume insobornable del orgullo y la torería.
Porque el compromiso de una afición no flaquea cuando la tierra llama. A pesar de la solanera implacable que caía de plano sobre la Plaza de Toros de Daimiel, registró una entrada similar a años anteriores y lejos de adormecer al respetable, la alta temperatura pareció contagiar de ardor los corazones en el tendido. El público aguantó el “castigo” del calor con la fe de los devotos, convirtiendo la sofocación del ambiente en una llama viva de entusiasmo que terminó por estallar en un clamor unánime de la tarde en un festejo en el que el público disfrutó.
Todo comenzó con un homenaje al torero de Daimiel, Emiliano García – Consuegra El Lince, ejerciendo desde hace años de asesor de la Presidencia de este coso. Señor de paisano pero torero hasta las entrañas, contemplaba el paseíllo desde el respeto sagrado de quienes supieron mirar a los ojos al destino. A su alrededor, el aire olía a emoción contenida y a la devoción de un pueblo que sabe honrar a los suyos, recibiendo un reconocimiento de manos del Presidente de la Diputación Provincial de Ciudad Real, Miguel Ángel Valverde, el Alcalde de Daimiel, Leopoldo Sierra y de Jesús Aranda de la empresa organizadora del festejo Eventos Don Quijote.
Abría cartel El Cid con “Maletito” que metía bien la cara y humillaba aunque no había que obligarle mucho. El bien armado astado traía la raza justa en las telas. Llevó El Cid a su antagonista con el oficio intacto, acariciándolo sin apreturas, mimando la frágil llama de su raza. Destacaron dos series al natural, después llegaron las cercanías, los molinetes y los circulares con el toro ya muy venido a menos. Paseó un apéndice tras una estocada entera caída.
El cuarto de la tarde, fue todo un “pavo” de gran presencia, un toro hondo que fue picado en toriles por Francisco Romero, con esa marcada tendencia que tuvieron los astados tras la desencajonada del día anterior. Había que enseñarle poquito a poco a caminar y hacerle que viniera con la inercia deseada. Y lo consiguió pese a la sosería del animal. Series por el pitón derecho con temple y con sabor, y esa mano izquierda que tiene, en eso El Cid sabe manejar los tiempos con la parsimonia y el señorío que dan los años. Entró a matar con el toro «encampanaó», sin entregarse, topándose el de Julio de la Puerta con la tizona mortífera del Cid para pasear así dos orejas más, tras un golpe de verduguillo. Soberano de la experiencia, el de Salteras firmó una tarde de rotunda solvencia paseando tres orejas.
Luis Miguel Vázquez, venía a saldar una cuenta con la memoria y consigo mismo. Aquel percance cruel del año pasado en este mismo albero que lo dejó inédito en su tierra en el año de su vuelta a los ruedos podía flotar como una sombra en el ambiente, pero Vázquez la borró de un plumazo al reencontrarse con su gente y con su mejor toreo. Amarrada a la forja del tendido, lucía una pancarta que resumía la lealtad de un pueblo en ocho palabras rotundas: “Luis Miguel Vázquez, en las buenas y en las menos buenas”. No era un simple trapo pintado al calor de la tarde, sino el juramento de fidelidad de una afición que no olvida a quienes se entregan con el alma, un mensaje directo al corazón del matador que le recordaba que Daimiel no sólo aplaude las orejas, sino que custodia las fatigas y honra el coraje de los suyos cuando las cosas vienen también del revés.
Comenzó con verónicas jaleadas por el tendido a su jabonero primero que recibió un buen puyazo traserito, rectificado después de Rafael Agudo. Con la franela Luis Miguel Vázquez supo componer bajo los sones del pasodoble que lleva su nombre, una sinfonía de trincherazos con sabor a antiguo, naturales desmayados y un remate de faena lleno de plasticidad y armonía con esos ayudados por alto. La espada muy baja tras el pinchazo aminoró el premio a una cariñosa oreja, pero el reencuentro con Daimiel ya estaba consagrado.
El quinto de la tarde de nombre Marinero, castaño chorreado, fue aplaudido por su presencia al salir de toriles, un toro en el que los ganaderos tenían muchas esperanzas y no se equivocaron. Además se le hicieron las cosas muy bien en la lidia como ese gran puyazo de Ramón Flores, ese capote certero de Santiago o ese buen par de Marco Galán. Comenzó rodilla genuflexa Luis Miguel Vázquez con mando y poder, el toro muy pronto, y conduciendo su embestida con los vuelos, muy «encajaó» de riñones. Luis Miguel Vázquez volvió a ser aquel joven torero descalzo de sueños: se emborrachó de toreo, meció la embestida por ambos pitones rompiéndose por abajo, quebrando la cintura y dejando fluir el toreo como un manantial de orfebrería pura. Tuvo el toro la virtud de la humillación viva y fue premiado con la vuelta al ruedo; Vázquez le cortó las dos orejas tras un pinchazo arriba y una estocada de efecto fulminante en medio de la aclamación de un Daimiel entregado a la belleza.
Cerraba la terna Carlos Aranda que tuvo en su primero a un toro alto y más basto de hechuras que embestía con todo, lo recibió con un entonado saludo capotero. Su antagonista gazapeaba sin entregarse, protestaba alto en cada embroque. Aguantó el daimieleño las dudas del burel al que había que hacerle todo por abajo. Lo hizo con pundonor y disposición, en línea e intentando limpiar ese final violento mientras que sonaba su pasodoble. Perdió el posible triunfo por la poca fortuna con los aceros.
Mas el toreo siempre concede revancha a quien lo busca con el alma. En el sexto, llamado Presumido, Aranda no se guardó nada: se fue a la puerta de toriles a esperarlo a portagayola, clavando las rodillas en la arena para gritarle al mundo que quería vencer, que no se quería quedar atrás en el triunfo. El de Julio de la Puerta acudía de largo, encastado, y Aranda acompasó las embestidas con bellas verónica a pies juntos que hicieron las delicias del tendido. Destacando también, un gran puyazo de Aurelio Cruz, el certero capote de Francisco Rodríguez y los buenos pares de banderillas de Ángel Luis Mayoral y Jesús de Natalia, este último, puso a la plaza en pie tras exponer mucho, resultando alcanzado por el toro en las tablas, que con un derrote lo lanzó contra un burladero del callejón, afortunadamente sin consecuencias. Carlos Aranda supo conducir la embestida viva del buen Presumido, acompasando los vuelos con profundidad, pulso y un trazo largo y templado por ambos pitones.
No hubo probaturas ni vacilaciones. Los primeros compases de la faena fueron un monumento a la quietud, el pecho ofrecido y la figura erguida frente al toro sin mover un milímetro la zapatilla, imponiendo la ley del valor desde el primer muletazo.
Fue entonces cuando el torero daimieleño se marchó al corazón del redondel, allí donde los terrenos queman y la verdad no admite dobleces. El toro, encastado y codicioso, se arrancaba desde la distancia, galopando con ímpetu desde largo. En ese instante de mágica conjunción, el aire se impregnó con los acordes solemnes del pasodoble Nerva, envolviendo la escena en un aura de gloria lírica.
Carlos Aranda corrió la mano con una hondura y una profundidad muy importante, dibujando el trazo con la ligereza precisa de una muñeca prodigiosa que sabía mentir al toro en el embroque y prolongar el viaje hasta el final. Selló su obra con una media estocada en todo lo alto, cobrada con la verdad de quien no se guarda nada, y un certero golpe de descabello. La plaza estalló en un clamor unánime: dos orejas para el torero de la tierra y la merecida vuelta al ruedo para Presumido, inmortalizando así un capítulo para el recuerdo en la historia taurina de Daimiel.
Ocho orejas y la salida a hombros no pertenecieron solo a la terna y al mayoral. Fueron el triunfo también de la memoria de El Lince, y de una afición que proclamó con esta corrida que el toreo en Daimiel es bandera, orgullo y sentimiento de pertenencia.
Plaza de Toros de Daimiel. Con media entrada en los tendidos se han lidiado toros de Julio de la Puerta bien presentados y de buen juego en líneas generales, aplaudido en el arrastre el segundo y los dos últimos, Marinero y Presumido, premiados con la vuelta al ruedo.
El Cid ( de azul pavo y oro)oreja y dos orejas
Luis Miguel Vázquez (de mandarina y azabache) oreja y dos orejas
Carlos Aranda (blanco y oro) palmas y dos orejas
Jesús de Natalia y Ángel Luis Mayoral se desmonteraron en el que cerraba el festejo.
Al finalizar el paseíllo Emilio García-Consuegra, el Lince, recibió una placa por parte del Alcalde de Daimiel, Leopoldo Sierra, y el Presidente de la Diputación Provincial, Miguel Ángel Valverde.
Informa: Juan Domínguez
Galería fotográfica: Francisco Moreno
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